NOVENA DE AGRADECIMIENTO A LA VIRGEN DE POMPEYA

Novena de agradecimiento a la Nuestra Señora del Rosario de Pompeya

Colóquese la prodigiosa imagen en un lugar distinguido y, si es posible, enciéndanse dos velas, símbolo de la fe que arde en el corazón del creyente. Después, tómese en las manos el Rosario.

V. Oh Dios, ven en mi auxilio.

R. Señor, date prisa en socorrerme.

I- Aquí me tienes postrado(a) a tus pies, oh Madre Inmaculada de Jesús, que te complaces en ser invocada como Reina del Rosario en el Valle de Pompeya.
Con alegría en el corazón y con el alma llena de la más viva gratitud, vuelvo a ti, mi generosa Bienhechora, mi dulce Señora, Soberana de mi corazón; a ti, que verdaderamente te has mostrado como mi Madre, la Madre que tanto me ama.
En mis gemidos me escuchaste, en mis aflicciones me consolaste, en mis angustias me devolviste la paz.
Dolores y penas de muerte asediaban mi corazón, y tú, oh Madre, desde tu trono de Pompeya, con una mirada piadosa me serenaste.
¿Quién acudió jamás a ti con confianza y no fue escuchado?
Si el mundo entero conociera cuán buena eres, cuán compasiva con quien sufre, todas las criaturas acudirían a ti.
Sé siempre bendita,
oh Virgen Soberana de Pompeya, por mí y por todos, por los hombres y por los ángeles, por la tierra y por el cielo.
Amén.

Gloria al Padre…

Salve Regina…

II- Gracias doy a Dios
y gracias a ti, Madre divina, por los nuevos beneficios
que por tu piedad y misericordia me han sido concedidos.
¿Qué habría sido de mí si hubieras rechazado mis suspiros y mis lágrimas?
Que por mí te den gracias los ángeles del cielo y los coros de los Apóstoles, Mártires, Vírgenes y Confesores.
Que por mí te den gracias tantas almas pecadoras salvadas por ti, que ahora gozan en el cielo de la visión de tu inmortal belleza.
Quisiera que conmigo todas las criaturas te amaran y que el mundo entero repitiera el eco de mi agradecimiento.
¿Qué podré darte yo, oh Reina, rica en piedad y magnificencia?
La vida que me queda la consagro a ti y a propagar por todas partes tu culto, oh Virgen del Rosario de Pompeya, por cuya invocación la gracia del Señor me ha visitado.
Promoveré la devoción a tu Rosario; narraré a todos la misericordia que me alcanzaste; predicaré siempre cuán buena has sido conmigo, para que también los indignos y pecadores, como yo, acudan a ti con confianza.

Gloria al Padre…

Salve Regina…

III- ¿Con qué nombres te llamaré, oh blanca paloma de paz? ¿Con qué títulos te invocaré, a ti, a quien los santos Doctores llamaron Señora de la creación, Puerta de la vida, Templo de Dios, Palacio de luz, Gloria de los cielos, Santa entre los santos, Milagro de los milagros, Paraíso del Altísimo? 
Tú eres la Tesorera de las gracias, la Omnipotencia suplicante, más aún, la misma Misericordia de Dios que desciende sobre los desdichados.
Pero sé también que es dulce para tu corazón ser invocada como Reina del Rosario en el Valle de Pompeya. Y al llamarte así, siento la dulzura de tu nombre místico, oh Rosa del Paraíso, trasplantada al valle del llanto para aliviar las penas de nosotros, desterrados hijos de Eva.

Tú eres la Rosa de eterna frescura, regada por las aguas celestiales, que echó raíces sobre la tierra reseca.
Alabado sea Dios, que hizo tan admirable tu nombre.
Bendecid, pueblos, el nombre de la Virgen de Pompeya, porque toda la tierra está llena de su misericordia.

Gloria al Padre…

Salve Regina…

IV- Entre las tempestades que me rodeaban levanté mis ojos hacia ti, nueva Estrella de esperanza aparecida en nuestros días sobre el Valle de las ruinas. Desde lo profundo de mis amarguras elevé mi voz hacia ti, Reina del Rosario de Pompeya, y experimenté el poder de este título tan querido para ti. ¡Salve!, gritaré siempre, oh Madre de piedad, mar inmenso de gracias, océano de bondad y compasión. ¿Quién cantará dignamente las glorias de tu Rosario y las victorias de tu Corona? Tú ofreciste salvación al mundo que se apartaba de los brazos de Jesús para entregarse a los de Satanás. Tú aplastaste triunfante las ruinas de los templos paganos y sobre las ruinas de la idolatría estableciste el trono de tu dominio. Transformaste una tierra de muerte en Valle de resurrección y vida. Y sobre la tierra dominada por tu enemigo levantaste la Ciudadela del refugio, donde acoges a los pueblos para su salvación. También sobre mí, pecador, se posó la mirada de tu misericordia. Sean benditas eternamente tus obras, oh Señora, y benditos todos los prodigios que has realizado en el Valle de la desolación.

Gloria al Padre…

Salve Regina…

V- Resuene en toda lengua tu gloria, oh Señora, y que el atardecer transmita al nuevo día el canto de nuestras bendiciones. Que todos los pueblos te llamen bienaventurada. Tres veces bienaventurada te llamaré yo también con los Ángeles y Arcángeles. Oh mi soberana salvadora, no dejes de posar tus ojos misericordiosos sobre esta familia, sobre esta nación y sobre toda la Iglesia. Sobre todo, no me niegues la mayor de las gracias: que mi fragilidad jamás me aparte de ti. Haz que persevere hasta el último suspiro en esta fe y en este amor que ahora arden en mi alma. Oh corona del Rosario de mi Madre, te estrecho sobre mi pecho y te beso con veneración. Tú eres el camino para alcanzar toda virtud, el tesoro de méritos para el cielo, la prenda de mi predestinación, la cadena fuerte que ata al enemigo, fuente de paz para quien te honra en vida y señal de victoria para quien te besa en la muerte. En esa última hora te espero, Madre. Tu aparición será la señal de mi salvación; tu Rosario me abrirá las puertas del Cielo. 
Amén.

Gloria al Padre…

Salve Regina…

V. Reina del Santo Rosario, ruega por nosotros.
R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

Oración final

Oh Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos enseñaste a recurrir a ti con confianza y a llamarte Padre nuestro que estás en los cielos; Señor bueno, siempre misericordioso y clemente, por intercesión de la Virgen María Inmaculada, escucha a quienes nos gloriamos del título de hijos del Rosario; acepta nuestra humilde acción de gracias por los dones recibidos, y haz cada día más glorioso y permanente el trono que le has levantado en el Santuario de Pompeya. Por Jesucristo Nuestro Señor. 
Amén.


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